Seguramente te preguntarás cómo terminé con un tren eléctrico pegado a la cabeza…

Pues bien, ayer después del cole mamá vino a recogerme, como cada día.

Normalmente vamos a merendar a una cafetería del barrio, no vamos porque ella quiera, vamos allí porque yo me escapo corriendo para allá con la intención de que me compre un zumo y una magdalena (que, aunque sea de espelta y sin azúcares porque a ella le va el rollo veggie, pienso que mejor eso que el plátano que lleva en el bolso, si lo analizas bien realmente es un win-win).

Pero ayer no hubo magdalena.

Al recogerme me cogió en brazos y con la voz más dulce me dijo:

– Mi amor, hoy vamos a casa que mamá está cansada, ¿Te apetece que hagamos un zumo de mandarina y un bocadillo de jamón?

Hacía frío en la calle y el plan me pareció perfecto. Le contesté que sí.

Me subió a la sillita de la bici y nos fuimos a casa.

Después de merendar me fui a la habitación a jugar y me reencontré con la caja con todas las vías de un tren que hacía meses que tenía olvidado.

Monté el circuito entero en el comedor. Era genial y me emocionaba viendo mi creación.

Me puse por fin a jugar, primero viendo como el tren corría por las vías y después cómo recorría mi pie, mis piernas, mis brazos… mi cabeza, mi peloooooo…

Mamá recogía la ropa tendida cuando me escuchó gritar y llorar.

Vino en 2 segundos, pero cuando pudo parar la locomotora yo ya tenía las dos ruedas traseras enroscadas en mi pelo tirándome fuerte y no podía parar de gritar:

– Pupa, mi pelo, pupaaaa.

Mamá estuvo un buen rato intentando cortarme el pelo enredado en las ruedas con unas tijeras de costura, mientras decía:

– Mare meva Bruno, mare meva. No puedo, necesito ayuda.

Parece que mi cuero cabelludo tiraba fuerte hacia las ruedas y mamá pensaba que si seguía me cortaría la piel. Entonces me dijo:

– Bruno cariño, no puedo, te haré daño… ¿Vamos al médico?

– Sí, vamos al médico. – Le contesté entre sollozos.

En la recepción del centro médico nos preguntaron que qué había pasado.

Mamá les mostró mi peineta.

A los recepcionistas se les escapaba la risa. ¡Gente sin alma!

Subimos a la primera planta: pediatría.

Los padres en la sala de espera me miraban, no podía distinguir debajo de las mascarillas si también se estaban riendo…

Me quedé dormido. Quizás era cansancio. Quizás fuera porque no quería que me juzgaran más.

Me desperté ya dentro de la consulta cuando noté que la locomotora tiraba de nuevo.

Había una enfermera sujetando una luz y una doctora con un bisturí en la mano.

Empecé a llorar de nuevo.

Al rato se soltó ese tren que durante una hora había sido una extensión de mi cuerpo.

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